CONVERSACIONES
DE YO CONMIGO – 5
Palabras
PerdónaME, pero a raíz de alguna poesía que
últimamente he escuchado, me ha dado por pensar en el inadecuado uso que
hacemos de las palabras, ese bien intangible que, de una manera hablada o
escrita, nos permite comunicarnos.
Pero es que, cuando el poeta “baraja” las palabras para llevar a cabo
su composición, casi siempre, hace verdaderos milagros y logra, sin pretenderlo
o quizás pretendiéndolo, verdaderas maravillas, con las que traspasar esa capa
material de nuestros cuerpos, e impregnarse suavemente en nuestros corazones y
en nuestras conciencias, además de en nuestra memoria. Es como un bálsamo, que
nos recuerda nuestra insignificancia y nuestra finitud, nuestra misión mundana,
desde que fuimos concebidos, de ser instrumento de bien y verdad para los
demás.
Esto, así contado, es algo que cualquiera, en
su sano juicio, comprende e intenta poner en práctica, mientras no se
desequilibre su psique y comience a desbarrar y a desperdiciar las palabras,
composiciones sencillas a base de letras normales, que, de este modo, se pueden
volver puñales que hieran y destrocen los sentimientos más resistentes.
Cuando esto escribo, acaba de fallecer uno de
los políticos más importantes de nuestra historia reciente y, cuando aparecían
sus coetáneos, oponentes o adversarios de otros partidos, reconocían su mesura
y su hombría cabal, recordando, sin embargo, que no siempre habían sido justos
con esa persona a la hora de oponerse a sus propuestas, ya fuera en las Cortes,
en los medios de comunicación o en cualquier otro episodio del discurrir
cotidiano de la función pública.
Y profundizando un poco más en el interior de
las palabras, en sus significados y utilización, en estos días, en que todo son
palabras y más palabras, promesas y propósitos hablados o escritos, a uno, que
no llegó a acabar el Bachillerato pero que disfruta aprendiendo nuevas palabras
cada día, le resulta chocante, cuando menos, ese ímpetu, ese no escucharse, ese
solaparse y quitar la palabra al contrincante u oponente o adversario, todo con
la pretensión de sustraerle algunos sufragios y conseguir ser el o la elegida.
Parece que no les interesan las palabras, parece que no están pendientes de lo
que allí se cuece. Llevan una cantinela aprendida y todo hay que adaptarlo a
ese mensaje que, en la mayoría de los casos, hace que los escuchantes
desconecten su atención y piensen en lo ridículo que resulta ver a dos personas
hablándose, sin escucharse. Y mientras, el ciudadano, intuye que de esa manera
pocas soluciones se van a aportar para mejorar esta sociedad que tanta
necesidad tiene de soluciones para los problemas de las personas, que, a fin de
cuentas, son los sujetos pasivos, a los que solo se suelen dirigir nuestros
políticos, cuando necesitan de sus sufragios.

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