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¿Es broma? ¿O qué?
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Bueno... Es una respuesta que le escuché pronunciar hace unos días a un locutor
de radio, justificando un olvido. Pero esto no va de enfermedades ni de
olvidos. Va de recuerdos antiguos y modernos. Porque, antes que los años y los
achaques nos hagan olvidar quienes somos ¿o debería decir quién soy?, me
gustaría que, juntos, recordáramos, ahora que se aproximan nuestras Ferias y
Fiestas, las ferias de nuestra infancia y juventud, que son las que me quedan
más lejos. ¿Qué te parece?
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Pues, que no hay color, querido. Las ferias de hoy en día no tienen encanto, ni
se percibe la ilusión de otros tiempos.
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A eso iba. En principio y, aunque sean reminiscencias del tardofranquismo,
aunque lo solíamos ver muy de lejos y vestidos de “trapillo”, yo no olvido
aquella proclamación de zagala mayor y zagalillas, la pompa y la emoción que
traslucían. Hoy, cada año mejoran un poquito, pero creo que nunca volverán a
ser tan “ceremoniosas”.
Y
si quieres que siga desempolvando recuerdos, vienen a mi memoria las ferias que
tuvieron trágicos recuerdos de niñez, en una humilde vivienda, frente a la
ermita de la Virgen del Carmen. Aquella feria, una noche, solo quedamos en casa
mi madre y yo. El resto de vecinos marcharon a disfrutar de la feria y, mi
padre, estaba lejos del pueblo, segando a destajo. Aquella noche, mientras
dormíamos, unos cacos robaron en las viviendas vecinas y recuerdo el despertar,
cuando llamaron por la ventana de nuestra alcoba los guardias civiles. Esa es
una pequeña descripción de un mal y vago recuerdo.
Después,
si quieres que te haga sonreír, recuerdo una de las primeras ferias
provinciales del campo. Una tarde, con permiso de mi madre, marchamos mi
hermana y yo a verla y, como niños, tanto nos deslumbró el recinto y todo lo
que allí veíamos que, aunque oía por los altavoces, “unos niños que se han perdido acudan a la entrada”, no lo asociaba
a mi persona y menos a mi pequeña hermana que venía “a mi cuidado”.
Recuerdo
aquellas tardes de solanera y calor, el tractor del Ayuntamiento, arrastrando
el remolque-cisterna, que casi embarraba los paseos de tierra por donde, unas
horas más tarde, discurrirían las personas ávidas de disfrutar con todos sus
sentidos de tantas cosas como, una vez al año, nos traían los feriantes.
Después,
más joven, recuerdo aquellos bailes, con las mejores atracciones del momento en
la Caseta Municipal vs Pérgola, las mejores películas que se proyectaban en
Manzanares esos días, en los cines de verano (Recreo, Martín, Escala, Parque, etc.).
Los circos, los “caballitos” o carruseles, el trenecillo, las sillas locas, los
autos de choque, los pim pam pum, los chamizos, las berenjenas, las deliciosas
“patatillas”, los camarones, el coco, las porciones de turrón, duro o blando.
Mucho después, los bares ambulantes con los famosos pollos asados, toda una
delicia para disfrutar en aquellos tiempos. Las casetas con juguetes, toda una
novedad, dos veces al año, porque solo había juguetes en Manzanares para Reyes
y para la Feria.
Hoy
ya no queda nada de aquello. Sobre todo, la ilusión con que esperábamos la
feria, lo pendientes que estábamos, cuando ya empecé a trabajar, de la revista
que vendían en la Imprenta Rodríguez, que leía ávidamente para descubrir toda
la programación ferial. Las mañanas de feria en la Plaza, calle Cárcel y Paseos
del Río. No había baile del vermut, pero estaba casi todo abierto y, un simple
refresco, a esa hora del mediodía, te sabía a gloria. Eso o los famosos
refrescos y polos de hielo rallado de Marcos o las berenjenas de Santos o la
bolsa de patatas de la Brava.
No
sé si es que, cuando llegamos a mayores, tendemos a recordar la infancia y
juventud mejor que cualquier otra época de nuestras vidas y las magnificamos,
pero creo que “el alemán”, todavía no se ha apoderado totalmente de mi cabeza.
¿Cómo estás tú?

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