¡Qué
coñazo!
- Querido YO, hoy la cosa va de teléfonos. ¿Te
apetece que hablemos de ellos?
-Recuerdo hace muchos años. Demasiados. YO
empezaba a trabajar en una de las notarías de Manzanares. Llegaba de la
escuela, prácticamente un niño de una casa en la que no había muchos adelantos
de los de entonces. En el día a día, llegó un momento en que sonó el teléfono,
recuerdo que era el número 777 de entonces y, el jefe, oficial mayor, me ordenó
que lo atendiera yo. Da la casualidad que nunca había cogido un auricular de
teléfono y mucho menos tenía soltura para responder a la llamada. Muerto de
miedo, como si me fuera a comer, respondí con el “dígame” de rigor y ahí se
rompió mi “virginidad” con respecto a este aparatejo que, a día de hoy, se ha
convertido en uno de los acompañantes imprescindibles de todo humano que se
precie y con el que, los niños empiezan a jugar desde la cuna.
Después llegó mi larga estancia fuera de
Manzanares y, hasta tener casa propia en Valdepeñas, no tuve teléfono en casa.
Sí lo tenía en mi lugar de trabajo y aún no habían llegado los móviles que tuve
allá por los 90’. En un momento de mi vida profesional, se convirtió en un
intruso en mi intimidad, porque estaba localizable para mi empresa las veinticuatro
horas y el teléfono y las llamadas las pagaba yo. Ahora, con estos avances tan
impresionantes, los teléfonos móviles o smartphones son algo así como un
ordenador de bolsillo, con Internet a todas horas y mensajería instantánea, al
que recurren también mis nietas para distraerse o jugar. Por lo que actualmente
el teléfono y la cuota mensual los pago yo, pero compartimos el uso y la
propiedad “mis niñas” y yo.
Otra cosa que me molesta sobremanera es la
forma en que se cuelan en la intimidad de mi casa, vendedores y “pedidores” de
todo tipo, sin atenerse a horarios ni las más mínimas normas de cortesía. No
hay derecho que ellos se aprovechen de mi inversión y mis gastos para tener
entrada gratuita a mi hogar, sin el más mínimo respeto y, si se tercia, en caso
de no interesarles lo que respondes, te cuelgan sin despedirse. No hay derecho.
A lo que iba. Al igual que en el caso de los
coches, creo que actualmente abusamos y no reparamos en gastos y, en una casa,
raro es el miembro de la unidad familiar que no tiene su propio teléfono móvil.
Tanto los niños como los mayores, parece que hemos nacido con la cabeza baja.
Solo sabemos hablar con los dedos y es el único medio de relacionarse.
Prácticamente ya no se habla por teléfono. Se wasapea y ya está. Todos los
excesos son malos, pero de este, es excesivo el uso y abuso que se hace. No
sabemos salir a la calle sin el móvil en el bolsillo o el bolso y si lo
perdemos de vista un momento, lo buscamos más que si se nos hubiera perdido la
cartera. Es sorprendente este fenómeno que, supongo, no quedará aquí, porque ya
están experimentando con terminales más grandes, más flexibles, enrollables y
desplegables. ¡Qué barbaridad!
- Bueno, yo creo que estas pasado de fecha como
los yogures caducados. Tienes que ir con los tiempos. Anda déjame el móvil que
voy a ver el partido que transmiten por un portal de Internet.
- Claro, claro. Faltaría más. Toma y disfrútalo.

