¿Sabes? En este mes tan especial y tan hermoso
de mayo, cuya acepción que más me gusta es la derivada “del término Maius Juppiter, una reducción de máximus, el más grande”,
me viene a la memoria, viendo tantos niños y niñas con su flamante traje de
primera comunión, que yo también recibí, por primera vez, al Señor Eucaristía.
Parece que lo estoy recordando como si fuera ayer. Iba con traje de pantalones
cortos, proveniente de otra prenda de un familiar que alguien de mi familia
“había vuelto” y quedaba como nuevo. Recuerdo que mis padres hicieron unos
recordatorios y que fuimos a algunas casas y, cuando les entregaba la estampa,
me regalaban algo de dinero y que, al mediodía, mi tía Elvira, que Dios tenga
en su gloria, que era una excelente cocinera, nos preparó un pollo en pepitoria
como almuerzo especial. Bueno, no creo que tenga que recordarte, que cuando en
casa de un “pobre” se comía pollo, era en las grandes ocasiones, que casi nunca
llegaban.
Y me dirás: “Oye, te olvidas de lo
fundamental”, como quién te dio la Sagrada Forma, o qué recuerdas de ese
momento. Me avergüenza decirte que no lo recuerdo. ¿Será porque estaba en una
nube? ¿Algo así como un poco deslumbrado o superado por el momento? No lo sé,
pero debió ser algo grande, aunque yo era muy pequeño.
Valiéndome de esa incipiente experiencia, que
los que somos mayores tendemos a recordar, aunque olvidemos, con frecuencia, la
próxima cita con el médico, en este mundo actual tan materialista y tan poco
dado a creer o a tener fe en lo que la Iglesia predica, cuando los veo “tan
majos” “tan bien vestidos” “tan con las manos juntas, como intentando entender
y retener el momento feliz de su primera comunión”, sin precipitarme a juzgar
lo que sientan o piensen, merced a las muchas cosas que ven o que la sociedad
les promete, me pregunto si no les puede ocurrir lo que a mí y, cuando salgan
del templo y pasen unos días, se olviden del motivo fundamental de aquel día y
recuerden solamente lo que comieron, lo que vistieron, lo que les regalaron, lo
que no consiguieron y que tanto deseaban, etc.
Vivimos en un mundo y una sociedad en la que,
para el hijo o la hija, para el nieto o la nieta, todo tiene que ser lo mejor,
porque quizás nos acordemos, como yo, sin sonrojo, por supuesto, de que no
logramos vestir algo propio ese día, que no deja de ser una tontería, porque yo
me recuerdo “igual de majo que ellos”,
pero todo tiene que ser lo más caro, lo más exclusivo, lo más deslumbrante,
para que el niño no lo olvide, aún a riesgo de que se olviden de lo
fundamental: que reciben al Señor en una
oblea sin sabor ni sustancia, pero que contiene todo lo mejor que la vida nos
puede ofrecer, condensado en un trozo de pan, a veces humedecido con una gotita
de vino y que, los creyentes los denominamos COMIDA Y BEBIDA DE SALVACIÓN”.
Creo que te has vuelto a dormir otra vez y eso
me preocupa. ¿Acaso no vamos a poder hablar seriamente TÚ Y YO, de lo humano y
lo divino, sin pretender llegar a un acuerdo?

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