Ese
rayito de sol
- Buenos días YO, ¡cuánto has madrugado!,
apenas está amaneciendo y te veo absorto, mirando por la ventana, hacia la
nada, quizás pensando en algo o en alguien.
- Hola MI, ME conoces demasiado, para saber que
soy un tanto “morrongo” y pienso o quizás rebobino esos recuerdos que me llenan
de alegría o de pesar, según sea el caso.
Pero, en estos momentos, esa absorción, me
lleva a la contemplación de aquel árbol de enfrente de la ventana, “casi
desnudo” a estas alturas del final del otoño. Observa cómo sale el sol y, cual
si de un potente y delicado foco se tratara, está alumbrando, de una manera muy
sutil, las pocas hojas, doradas, que todavía no han caído de las ramas.
- Acércate, es un espectáculo impresionante,
¿lo ves?
- Tienes razón YO, parece que cada hoja es de
un oro finísimo y muy pulido, que brilla y destella una luz y una belleza
inconmensurable. Es realmente un prodigio de la naturaleza, que nos brinda un
espectáculo apasionante, imposible de reproducir. La belleza de lo viejo, de lo
gastado, de lo que está al borde de la extinción.
- Claro MI. Y si profundizamos en esa imagen
inigualable, al fondo, como entre neblina, como si estuviera velada esa imagen
posterior, aparece majestuosa la iglesia de la plaza, como si se tratara de una
saeta, de un cohete presto a partir a planetas lejanos, dispuesta a comenzar,
un día más, su eterno testimonio, su misión orientadora, porque, tantas veces
como hemos ido y venido por esos mundos de Dios, lo primero y lo último que
divisábamos, a la venida o a la ida, era la majestuosa torre, símbolo casi
eterno de un pueblo al que tanto hemos querido y queremos y que te embarga o te
embauca con todos sus atractivos y sus despectivos.
- Ya, YO, pero me temo que tu no das puntada
sin hilo y quizás estás devanando esa gran madeja de tu cerebro, porque has
encontrado un símil a todo esto, en este reflexionar perpetuo tuyo del otoño de
nuestras vidas.
- Sí, ME conoces bien, estoy pensando, en
primer lugar, en la belleza del otoño, en cualquier pequeño detalle en el que
te detengas, o lo que es lo mismo, que no tiene por qué ser desechable lo que
se aproxima al abismo, porque tiene ese punto de belleza y solera que adquieren
las personas y las cosas, aunque deterioradas, con el paso del tiempo. Y, una
última apreciación, importante ella: en todo lo del hombre, en lo material, en
lo bello y en lo menos bello, al fondo, muy dentro de todo, está siempre la
mano y el aliento de ese SER que nos pensó y nos creó, antes incluso de que
nosotros lo pidiéramos o lo pensáramos. Es bello este despertar o madrugar de
hoy. Este levantarme CONMIGO interior.
- Ya salió el hombre religioso que
constantemente pugnas por exteriorizar. Pero no por eso eres mejor que todos
los demás. Eres alguien especial, solo porque fuiste pensado, como todos y
todas, especialmente así.
- Nos estamos poniendo melodramáticos a horas
tan tempranas. Gracias por la compañía y por la conversación. ¿Te puedo desear
FELIZ NAVIDAD?
- Déjalo. Es mejor que nos lo deseemos cada
día, pero especialmente en esa Noche Santa, en la que todavía no sabemos
cuántos estaremos, pero que deseo que estemos. Anda, comienza a moverte y
camina, que falta te hace.


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