AUNQUE SOY DE LA MANCHA NO MANCHO A NADIE

Recopilación de artículos sobre Manzanares

jueves, 18 de julio de 2019

CONVERSACIONES DE YO CONMIGO - 14




¡Qué viva el vino!


Me gustaría dejar claro que, aunque intrascendentes, nuestras conversaciones no son un divertimento, sino una introspección personal del yo con la persona, conmigo. Las personas, normalmente, cuidamos nuestra imagen y hasta nuestras opiniones. Pero, interiormente además de alma o ánima, porque somos seres animados, tenemos una conciencia, una moral y una forma de ver la vida que, muchas veces, nos guardamos, porque en esa convivencia “pacífica” con los demás, no conviene expresarnos abiertamente. Eso es lo que yo pretendo con estas conversaciones que estamos teniendo y que, cualquier día nos enemistamos y dejamos de tener.

- ¿Cómo lo quieres? ¿Blanco o tinto?

- Personalmente, me encantan los dos, siempre y cuando sean del año y no estén pasados por roble. Me gusta el vino fresco y fresquito, aunque los doctos digan que hay que beberlo, sobre todo el tinto, a determinada temperatura. Aunque parezca una bobada, el vino es bebida de dioses. Por cierto, haciendo un ínterin en la conversación, me gustan las uvas un montón, sobre todo, recién cogidas de la cepa o de la parra. Están y saben exquisitas.

En cuanto al “traguillo”, recuerdo con simpatía aquella forma de tomar el vino, que contemplaba cuando niño. Cuando iba a la carbonería de la callejuela de la Hoz, siendo niño, a comprar picón para el brasero de la mesa camilla en el que nos calentábamos toda la familia, fundamentalmente las piernas, debajo de las faldas, siempre llamaron mi atención aquellos hombres que llegaban, pedían un cuarto, que les servían en una botella pequeña de gaseosa, se lo bebían como si fuera agua, en un instante, con fruición, con un gusto que yo, entonces, no entendía, y se despedían hasta el próximo trago. Recuerdo las tabernas, mucho más modestas que los bares, donde iba la gente humilde y acompañaba la bebida con los riquísimos “palomos” (patatas cocidas con picante) o el trozo de pepino y tomate y un largo inventario de ricos y humildes aperitivos. Eran otros tiempos.

Recuerdo a mi padre, pisando en el jaraíz de la bodega de Cendal, todas las vendimias y recuerdo hasta hacérseme la boca agua el rico vino de aguja, sin filtrar, cogido directamente de la tinaja por el bodeguero de Mayoralas y que parecía que tenía sifón. Riquísimo. Pura delicia. Hoy en día no le hago ascos a una buena copa de vino, en esas copas tan hermosas y tan bien concebidas para conservar y transmitir los aromas. Por cierto, sin falso patrioterismo, me gusta el vino de Manzanares, con preferencia, y el de la Mancha. El resto, los bebo si se tercia, pero estoy acostumbrado a los sabores de lo nuestro.

- Como siempre, me he ido de madre. Lo que yo quería decir es que, el vino es como una religión. Te lo puedo explicar, pero si no lo practico, “se nos va el vino en catas”. No digo que haya que emborracharse para dar ejemplo, pero, para quitarse la sed el agua o una cerveza, pero, para disfrutar, el buen vino de nuestra tierra. Que los que nos contemplan, observen que nos gusta lo bueno y nos vean con la copa en la mano, disfrutando de un blanco o un tinto, oliéndolo, paladeándolo, tragándolo y con un gesto de complacencia cuando lo ingerimos. No es agua. Es un manjar de dioses. Démoslo a conocer.

- ¿Que no te gusta? Presumo que te pasa lo que aquel que ve el arroz negro y se le figura que sabrá u olerá mal y, cuando lo prueba... Repite. No me cuentes pamplinas. Tú, bebe vino y no te ocupes del vecino. Nos vemos y nos oímos.

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