¡Qué viva
el vino!
Me gustaría dejar claro que, aunque
intrascendentes, nuestras conversaciones no son un divertimento, sino una
introspección personal del yo con la persona, conmigo. Las personas,
normalmente, cuidamos nuestra imagen y hasta nuestras opiniones. Pero,
interiormente además de alma o ánima, porque somos seres animados, tenemos una
conciencia, una moral y una forma de ver la vida que, muchas veces, nos
guardamos, porque en esa convivencia “pacífica” con los demás, no conviene
expresarnos abiertamente. Eso es lo que yo pretendo con estas conversaciones
que estamos teniendo y que, cualquier día nos enemistamos y dejamos de tener.
- ¿Cómo lo quieres? ¿Blanco o tinto?
- Personalmente, me encantan los dos, siempre y
cuando sean del año y no estén pasados por roble. Me gusta el vino fresco y
fresquito, aunque los doctos digan que hay que beberlo, sobre todo el tinto, a
determinada temperatura. Aunque parezca una bobada, el vino es bebida de
dioses. Por cierto, haciendo un ínterin en la conversación, me gustan las uvas
un montón, sobre todo, recién cogidas de la cepa o de la parra. Están y saben
exquisitas.
En cuanto al “traguillo”, recuerdo con simpatía
aquella forma de tomar el vino, que contemplaba cuando niño. Cuando iba a la
carbonería de la callejuela de la Hoz, siendo niño, a comprar picón para el
brasero de la mesa camilla en el que nos calentábamos toda la familia,
fundamentalmente las piernas, debajo de las faldas, siempre llamaron mi
atención aquellos hombres que llegaban, pedían un cuarto, que les servían en
una botella pequeña de gaseosa, se lo bebían como si fuera agua, en un instante,
con fruición, con un gusto que yo, entonces, no entendía, y se despedían hasta
el próximo trago. Recuerdo las tabernas, mucho más modestas que los bares,
donde iba la gente humilde y acompañaba la bebida con los riquísimos “palomos”
(patatas cocidas con picante) o el trozo de pepino y tomate y un largo
inventario de ricos y humildes aperitivos. Eran otros tiempos.
Recuerdo a mi padre, pisando en el jaraíz de la
bodega de Cendal, todas las vendimias y recuerdo hasta hacérseme la boca agua
el rico vino de aguja, sin filtrar, cogido directamente de la tinaja por el
bodeguero de Mayoralas y que parecía que tenía sifón. Riquísimo. Pura delicia.
Hoy en día no le hago ascos a una buena copa de vino, en esas copas tan
hermosas y tan bien concebidas para conservar y transmitir los aromas. Por
cierto, sin falso patrioterismo, me gusta el vino de Manzanares, con
preferencia, y el de la Mancha. El resto, los bebo si se tercia, pero estoy
acostumbrado a los sabores de lo nuestro.
- Como siempre, me he ido de madre. Lo que yo
quería decir es que, el vino es como una religión. Te lo puedo explicar, pero
si no lo practico, “se nos va el vino en catas”. No digo que haya que
emborracharse para dar ejemplo, pero, para quitarse la sed el agua o una cerveza,
pero, para disfrutar, el buen vino de nuestra tierra. Que los que nos
contemplan, observen que nos gusta lo bueno y nos vean con la copa en la mano,
disfrutando de un blanco o un tinto, oliéndolo, paladeándolo, tragándolo y con
un gesto de complacencia cuando lo ingerimos. No es agua. Es un manjar de
dioses. Démoslo a conocer.
- ¿Que no te gusta? Presumo que te pasa lo que
aquel que ve el arroz negro y se le figura que sabrá u olerá mal y, cuando lo
prueba... Repite. No me cuentes pamplinas. Tú, bebe vino y no te ocupes del
vecino. Nos vemos y nos oímos.

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