Los
brazos
Querido YO, esta tarde, después de escuchar una
homilía mariana y contemplar al Niño en brazos de su Madre, con alguna lágrima
de más, recuerdo los brazos que ME mecieron, las manos que ME acariciaron, los
labios que ME besaron, los oídos que ME escucharon y aquellos ojos que ME
miraron y radiografiaron MI vida, aquel recuerdo que se quedó CONMIGO y que,
solo es eso: RECUERDO, que no presencia, ni ausencia.
La recuerdo lavando en la “artesilla” sobre
aquella tabla rugosa o fregando el suelo con la bayeta; un suelo de madera o de
tierra y baldosas, que permitía devolver o compensar otras gracias recibidas en
la familia. La recuerdo joven y, la recuerdo menos joven. La recuerdo
dependiente y la recuerdo suficiente. La recuerdo velar mi sueño y la recuerdo
despertándome a las tantas de la madrugada, para emprender, como cada lunes de
madrugada, un nuevo viaje, alzando su mano desde la puerta del hogar, antes de
que yo diera la vuelta a la esquina.
Son... tantos recuerdos, tanta añoranza, tantos
deseos de volverla a ver y abrazarla. Seguro que solo te lo puedo contar a ti,
porque cualquiera me dirá que no merece la pena perder el tiempo con los
recuerdos, que hay que mirar hacia adelante y valorar todo lo que la vida tiene
para uno un poco más allá, en el siguiente trecho del camino. Y llevarán razón.
Seguro que he de dar gracias por tantos bienes, casi todos intangibles, pero
muy valiosos y que he de considerar como regalos de dioses...
Pero esta tarde, quizás por desentonar, he
recordado los brazos fuertes de MI MADRE y me ha dado por llorar... Solo un
poco, pero me ha servido de consuelo. Perdóname, ha sido una debilidad que,
quizás no se repita.

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